jueves, 1 de noviembre de 2012

UNO DE NOVIEMBRE, FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS


Esta es la principal fecha mortuoria del calendario hispano donde nos acordamos, según la religión católica, de todos aquellos santos que no aparecen en el “santoral” y de otros anónimos muy cercanos en el que cualquier familia tiene unos cuantos. Si viajo inexorablemente a mis años de infancia me viene a la cabeza, a esta cabeza inmensa, las lamparillas en aceite ardiendo en una taza o en un vaso de cristal, una por cada difunto cercano, colocadas en el mejor sitio del salón o del recibidor de la casa, en esa niebla-tiniebla-recogimiento que se respiraba en el ambiente que casi se mascaba y que asumíamos como algo lógico cuando se recordaba a todos aquellos que la muerte nos había arrebatado. Recuerdo que incluso hablábamos bajito, esfuerzo muy costoso para los españoles, no fueran a despertarse nuestros ancestros a hacer acto de presencia con el consiguiente susto mortal y el rechinar de dientes. En una temprana edad, cuando yo veía estas cosas, pensaba que estábamos de fiesta entre tanta vela y tanto paño de color morado lágrima (llamado así por mí porque cuando hacía acto de presencia este color me entraban ganas de eso), pero no, no era tal fiesta ya que solo observar la cara de mi madre era más que suficiente para saber que se recordaba alguna tragedia de tipo familiar.
En esos años locos que por razones de atrezo, y por el catolicismo de mis padres, me toco ser actor principal y de guardia, de las ayudantías del señor cura párroco en todos los actos religiosos. Hago referencia de las “razones de atrezo” porque la pequeña sotana que nos ponían, en este caso roja y muy pesada, era la que marcaba tu vida profesional como monaguillo. Esta duraba hasta que la faldita nos llegaba ya por debajo de las rodillas y era un poco ridículo seguir vistiendo este traje de luces ya que parecíamos una mayorét. Pero en no terminaba aquí la relación con la iglesia porque llegada a esta edad pasabas a formar parte de la élite que subía al campanario y tocaba las campanas (de las 3 que había la mas “gorda” la tocaba el mayor y el novato la más pequeña, y estas se tocaban a badajo nada de cuerdecita) la cual duraba hasta nuestra llamada a filas. Pues bien en este recuerdo mío del uno de noviembre me viene a mi memoria las misas solemnes que siempre me tocaban a mí, en el cementerio sufriendo de ver las caras desencajadas de los familiares de los finados que lloraban a moco tendido ente alaridos de desesperación. No se me caían las lagrimas porque uno ya estaba entrenado de manera para mi cruel, de ir a buscar a los muertos a sus casas para llevarlos a la iglesia, y esas “escenas” desgarradoras de la correspondiente viuda (en ese caso) agarrando al desdichado para zarandearle con fuerza diciéndole: “como me has hecho esto Felipe” “no os lo llevéis” me prepararon para todas las funciones según el manual del “buen monaguillo” Para mis cortos seis años suponía no pegar ojo en toda la noche recordando estas “experiencias” que me hicieron uno de los mejores boinas verdes de esta profesión. En mi peregrinaje por el campo santo me tocaba no solo cargar de incienso el chisme ese  que menean los curas, y que ya no me acuerdo como se llama, sino recoger la colecta porque de eso los curas no se olvidaban. Llevaba entre mis pequeñas manos una bolsa negra (no podía ser de otro color) llena de mugre, que cuando se llenaba de duros pesaba como un demonio  y que tenía que pasar por todo el cementerio el cual era un poco grande para mis cortas piernas y muy duro para mis pies planos. Cuando llegaba a la zona de los que estaban enterrados en tierra, sin lápida, sin cruz y sin nombre (los pobres vamos), pisaba por encima del montículo porque ya carecía de las fuerzas necesarias  (o del respeto que debía uno a los que ya les habían entregado el finiquito) para rodear con el sobrecogimiento del contexto  a los allí enterrados. Cuando terminaba mi jornada religiosa, sin contrato, sin seguros sociales, y sin convenio colectivo, llegaba a casa exhausto para tomarme mi cola-cao reparador y descansar un poquito ya que al día siguiente había cole, aunque esto para mí no era un problema.
Pues estos son los recuerdos de tiempos lejanos con respecto a esta fecha. Algún día les contaré lo que suponía para mi, monaguillo profesional, una Semana Santa de cuatro misas diarias, procesiones y rezos del santo rosario (incluido el de la Aurora porque allí el cura era como dicen ahora hiperactivo y no se lo trataron de pequeño).  

2 comentarios:

  1. Comparado con eso, la lucha sindical es una celebración vacacional. ¡Qué gran obispo hubieras hecho!

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    1. si,la iglesia era dura, sobre todo cuando recibía los capones del señor cura en sus entrenamientos de los ritos religiosos. Yo me lo tomaba como algo divino que me haría modificar mi conducta pecaminosa la cual ya avanzaba inexorablemente hacia el mal, por eso terminé en el mundo sindical. Ahora las ostias me las siguen dando de otra manera, pero menos efectivas ya que como buen extremeño mi cabeza no tiene fronteras.
      ¿Usted cree que yo hubiera sido buen obispo? lo mismo sí, y he perdido estos años el tiempo en gilipolleces.
      Nunca es tarde....

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