domingo, 12 de diciembre de 2010

SABADO POR LA TARDE


Que matraca me están dando alguna que otra emisora capitalina con la visita de Claudio Baglioni a dar un concierto para los cuarentones o cincuentones entre los que me encuentro, para tocarnos esa fibra del pasado que recordamos con el máximo cariño y que de vez en cuando algún que otro detonante hace que venga de vuelta a la actualidad de nuestros pensamientos.
Cuarenta años han pasado desde que este italiano se subiera por primera vez a los escenarios y hace unos treinta aproximadamente, que la juventud de aquellos maravillosos años dorados nos hiciera la vida imposible. No es difícil de ponerle imaginación a esta situación; trece, catorce o quince años donde el celo permanente que sufríamos en nuestras carnes nos duraba veinticuatro horas (como diría un amigo mío, las veinticuatro horas del día y las veinticuatro horas de la noche) y cualquier ser humano del sexo contrario nos atraía como locos en aquellos primeros escarceos amorosos. A todo esto añadan el componente final y definitivo como detonante a toda aquella explosión interior (santo física como psíquica) que sufríamos al ver siempre y cada día al amor de nuestra vida que pasa ante nuestros ojos tan fluctuantes como los valores en bolsa, y no es otro que la música de este cantante italiano demoledor que nos dejaba el corazón hecho tantas tiras como si lo hubiera devorado un tigre bengalí. Cuando sonaba por los altavoces de la verbena (porque yo soy de verbena de pueblo) sus temas más en boga del momento, nuestro instinto de mantener la raza humana por los medios lícitos que fueran se disparaba acompañado de una ternura edulcorante que aceleraba el bombeo de nuestro corazón enamorado “de lo que se moviera” entrando en un trance a lo haitiano tontorrón que nos convertía en poetas efímeros capaces de interpretar a Shakespeare y sus “Sonetos de amor” de carrerilla sin tropezones lingüísticos.
Difícil tarea se nos presentaba a los “soldados del amor” que gustosamente aceptábamos al sacar a una de las chicas a bailar “garrao” por el orden de hermosura de las mismas (nosotros los chicos éramos todos muy guapos o por lo menos yo, mi pobre abuela siempre me lo recordaba al igual que las abuelas de los otros contendientes). Ni que decir tiene que en el reparto previo ficticio que hacíamos ya existían tortas entre los machos, a semejanza de los reportajes de naturaleza de La 2, quedándose siempre el más matón con la mejor hembra de la manada. La realidad era luego muy distinta a nuestras imaginaciones juveniles nacidas de nuestro cerebro efervescencia con capacidad mínima de procesamiento de datos y no es otra que las que realmente elegían a sus presas eran y han sido siempre ellas. Es cierto que en esta edad no éramos muy exigentes con estas cosas o muy caprichosos y al final nos adaptábamos a los que nos tocara. El que peor lo pasaba y eso si que es una derrota para el honor y la imagen de uno era el que ocupaba el número impar y se quedaba sin pareja con una cara de bobo impresionante maldiciendo su fisionomía algo difícil de interpretar mientras nosotros acariciábamos con unas ganas terribles la cintura de nuestra pareja de baile. He de serles sincero y confesarles que yo me he quedado multitud de veces siendo “impar” haciéndome reflexionar esos momentos tan duros (para que ustedes lo entiendan, es como para un madridista en cinco cero que nos endosó en Barcelona) cosas como “porque coño me dirá mi abuela que soy tan guapo” entendiendo ahora con el paso de los años que lo que realmente hacia mi abuela era mentalizarse ella para no pasarlo tan mal ante mí presencia la cual seguramente haría hasta que se cortara hasta la leche que tenía en el puchero.
Historias de “pasión de juventud” que me vienen a la cabeza al escuchar este tema que les traigo hoy importándonos un bledo los derechos laborales, la política y la sociedad en general ya que con una mujer, que a nosotros se nos antojaba hermosa, en nuestro regazo todos los problemas son superables. El amor todo lo puede ya lo saben.
Maldita música y malditos cantantes italianos que daño nos han hecho con sus voces desgarradoras y sus compases musicales “tan bien estudiados” que nos transformaban la realidad convirtiéndonos en seres sensibleros con capacidad de amar sintiéndonos como las ratones del famoso cuento del “El flautista de Hamelin” con carne de gallina, al escuchar estrofas como “yo sin ti moriré” o “yo sin ti sufriré” tan deliciosas que cambiaban nuestra polaridad de manera temporal.
Hay que ver lo meloso que me he puesto hoy recordando el pasado que ya me va quedando tan lejano que se va pareciendo cada día que pasa más a la arqueología que otra cosa.
Aquí les dejo la prueba del delito.

3 comentarios:

  1. Muy divertido, pero no has contado los del mechero.

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  2. me parece genial pero si tu abuela te decia que majo eres es por que lo eres no te subestimes. recordar viejos tiempos siempre viene bien.

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  3. Lo del mechero no lo usabamos nosotros, los de pueblo eramos mas pardillos. Hasta que no llego la ola de ocupacion madrileña esos trucos no los utilizabamos.

    Era un poco feo la verda,si usted me ve con gafas de pasta desde que naci, botas de pies planos y mas delgado que una fusta usted se hara una una idea aproximada de mi aspecto juvenil.

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