lunes, 31 de mayo de 2010

LOS CALVO-MANZANO, SECO DE HERRERA


Mi familia, el tronco común de todos nosotros desde mis abuelos hasta mis hijos, pues bien este fin de semana y a propuesta de uno de mis tíos, nos hemos juntado la familia en Collado Villalba para pasar una jornada agradable. Y así fue, he conocido a primos nuevos, a sobrinos nuevos, he visto a familiares que hace más de treinta y cinco años que nos los veía, siendo curioso esto de la memoria ya que después de tanto años, haber sido niños y no haber visto ninguna fotografía de ellos, tu mente es capaz de reconocerlos. Amén de los tíos que ves un poco “más” mayores y que en mi infancia nos han hecho pasar momentos inolvidables entre risas y mucho cariño al lado de nuestros padres. Muchas historias de otros tiempos salen a la luz que yo oía con atención ya que escuchar a los demás es una de las cosas que con los años de vida nos han arrebatado en esta sociedad tan fugaz que llevamos, y que a mí, eso de oír escuchar, me gusta tanto.
Después de comer agradablemente en el jardín, pasamos a la sobremesa empezando ya a perder un poco del encorsetamiento de los primeros momentos que con el vino empieza a desaparecer y ya entablamos conversaciones amistosas “de toda la vida” como si el tiempo intermedio no hubiera existido y cómo si no hubiéramos visto la semana pasada.
Lo mejor de todo fue el momento de las fotografías, donde aparecen nuestros abuelos, padres, hijos y donde he de reconocer que me emocione un poco de aquel tiempo que yo nunca he vivido pero que lo conozco por lo que me han contado. Creo que a todos lo que allí estábamos nos pasó un poco y nos ablandó aun más nuestros corazones. Ver a los nuestros que ya no están y el recuerdo que nos han dejado en nuestro ADN emocional fue algo que a ellos estén donde estén les habrá gustado estoy seguro.
Quiero darles las gracias a todos mis parientes por asistir teniendo la oportunidad para volver a verlos y dar las gracias al artífice de todo esto, mi tío Antonio de quien partió la iniciativa y el que se ha encargado de todo junto a su mujer, mi tía María del Carmen, dos personas increíbles, buenas, pero buenas de verdad, que en ningún momento perdieron la sonrisa innata que llevan instaladas en sus labios y que nos delata que son excepcionales seres humanos.
Lo malo de todo la despedida ya que inevitablemente aparecen las preguntas que uno se hace en estas cosas ¿pasaran otros treinta y cinco año en volver a vernos? Espero que no.

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